La castaña en recuerdo de los viejos oficios

 

Lejos queda aquella imagen de un personaje humilde, amable, sencillo y tan entrañable como era “la castañera” que con la llegada del frío hacía su aparición, se instalaba con sus pocas armas de trabajo: un hornillo, un puchero, las castañas y una paleta para voltearlas. Su imagen llegaba a representar un elemento más en el entorno donde establecía su punto de venta.  Solían ser mujeres, de avanzada edad y curtidas por el frío, que por unas pocas monedas te entregaban con una bondadosa sonrisa un cucurucho de castañas. Su apariencia era siempre la misma: vestidas de negro, con mandil, un pañuelo a la cabeza, una toquilla sobre su espalda, guantes para sus manos llenas de sabañones y alguna manta para abrigar sus piernas.

Hoy ésta imagen  en algunas ciudades ha desaparecido completamente y en otras se ha transformado en quioscos que las venden junto con otros productos, bajo la correspondiente licencia municipal.

Al igual que otros muchos oficios desaparecidos y sustituidos por nuevas tecnologías, como por ejemplo el de sereno, oficio que se perdió con la llegada de los porteros automáticos. El de pregonero, que la llegada de la radio y la televisión evocó a la desaparición. El campanero, encargado de tocar, repicar y voltear las campanas de la iglesia, cuya profesión cayó en desuso con la aparición de los sistemas mecanizados y automatizados para tocar las campanas. El sonido de la mini flauta de los afiladores  y otros tantos oficios que han desaparecido sin darnos cuenta, sin hacer ruido, casi de puntillas, pero que han quedado para siempre en el recuerdo de quienes los conocieron.

Pero volviendo a la castaña hemos de destacar que la castaña española, la especie “Castanea sativa”, es reconocida como una de las mejores del mundo. Unas 3.500 toneladas de este fruto seco salen cada año a distintos puntos del planeta, distribuyéndose en más de 60 países.

En Galicia se produce más del 50% de la producción nacional, otras zonas donde también se cultiva son Castilla y León, Andalucía y Extremadura. Las  condiciones climatológicas que se dan en nuestro país para su crecimiento y las condiciones del suelo español, especialmente de Galicia, proporcionan a la castaña española una calidad inmejorable.

Las castañas son los frutos secos que menos grasas nos aportan, son las que más agua presentan en su composición y contienen, sobre todo, hidratos de carbono. A la hora de la compra hay que tener en cuenta el estado de su piel, que debe ser brillante. Para conservarlas en casa, se deben guardar en un lugar fresco y seco. Es importante no almacenarlas dentro de bolsas de plástico ya que pueden enmohecerse. Tanto crudas como asadas, las castañas pueden conservarse perfectamente en el congelador durante unos seis meses.

La forma  más simple de comer castañas es asarlas, para ello se rajan ligeramente con cuchillo, poniéndolas a asar en una sartén perforada para castañas, si disfrutan de un hogar con fuego bajo, en el horno común e incluso en el robot de cocina ROBOCHEF, como se demuestra  en la receta cuyo enlace facilitamos más abajo. 


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